En la actualidad hay pocas intervenciones
cuya eficacia se haya demostrado mediante estudios bien diseñados. Son
necesarios más recursos para reforzar la prevención de la violencia de pareja y
la violencia sexual, sobre todo la prevención primaria, es decir, para impedir
que se produzca el primer episodio.
Respecto a la prevención primaria, hay
algunos datos correspondientes a países de ingresos altos que sugieren que los
programas escolares de prevención de la violencia en las relaciones de noviazgo
son eficaces. No obstante, todavía no se ha evaluado su posible eficacia en
entornos con recursos escasos. Otras estrategias de prevención primaria que se
han revelado prometedoras pero deberían ser evaluadas más a fondo son por
ejemplo las que combinan la micro financiación con la formación en materia de
igualdad de género, las que fomentan la comunicación y las relaciones
interpersonales dentro de la comunidad, las que reducen el acceso al alcohol y
su uso nocivo, y las que tratan de cambiar las normas culturales en materia de
género.
Para propiciar cambios duraderos, es
importante que se promulguen leyes y se formulen políticas que protejan a la
mujer; que combatan la discriminación de la mujer y fomenten la igualdad de
género, y que ayuden a adoptar normas culturales más pacíficas.
Una respuesta adecuada del sector de la
salud puede ser de gran ayuda para la prevención de la violencia contra la
mujer y la respuesta consiguiente. La sensibilización y la formación de los
prestadores de servicios de salud y de otro tipo constituyen por tanto otra
estrategia importante. Para abordar de forma integral las consecuencias de la
violencia y las necesidades de las víctimas y supervivientes se requiere una
respuesta multisectorial.
Estadística


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